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martes, 23 de julio de 2013

El inventor y el capataz

Los agarraron en el Canal de Panamá con las manos en los misiles. El castrismo no cambia. La complicidad de Cuba con Corea del Norte lo demuestra. Lo había advertido en La Habana el Jefe del Estado Mayor norcoreano, el general Kim Kyok Sik: “Visito a Cuba para encontrarme con los compañeros de la misma trinchera, que son los compañeros cubanos”. Dios nos coja confesados.

Además, Raúl Castro está muy molesto. El país es un desastre. Lo dijo públicamente hace unos días. Los cubanos son ladrones y vulgares, especialmente los jóvenes, que sólo se dedican a perrear y al reguetón. Había prometido que todo el mundo se podría tomar un vaso de leche y no lo ha conseguido. Ni siquiera eso.

martes, 26 de marzo de 2013

El hombre de La Habana

Maduro en 1987 en La Habana

Un exagente cubano de inteligencia, quien se llama (o se hace llamar) “Hernando”, presumiblemente radicado en Estados Unidos, acaba de revelar un dato muy importante: las relaciones entre Nicolás Maduro y los servicios de espionaje y subversión de la Isla son anteriores a los contactos entre La Habana y Hugo Chávez.

Según “Hernando”, Maduro se formó en la “Escuela Ñico López” del Partido Comunista de Cuba a fines de los años ochenta. Su declaración se puede encontrar en YouTube. Basta con escribir en la barra “Hernando Ex Agente de Inteligencia”, o entrar al canal de YouTube “Universo Increíble”. Es muy fácil de localizar.

miércoles, 12 de septiembre de 2012

A la ansiosa espera de dos velorios

Hugo Chávez
La revolución cubana y el curioso engendro bolivariano cuelgan de dos precarios hilos. Uno es la muerte de Fidel. Nadie dentro o fuera de Cuba puede predecir qué sucederá en la Isla cuando el caudillo cubano desaparezca y Raúl solo dependa de su propia y limitada legitimidad para dirigir la dictadura. El otro es la muerte de Hugo Chávez. El venezolano es el único arquitecto, junto a Fidel, de una alianza contra natura en la que Caracas subsidia copiosamente a su metrópolis a cambio de servicios de inteligencia, dirección política, visión ideológica y misión histórica, todo ello disfrazado con la coartada de contingentes sanitarios y entrenadores deportivos.

viernes, 3 de agosto de 2012

Cuba usará el "caso Carromero" para cortar la ayuda a la oposición democrática

Es el mundo al revés. Si Ángel Carromero, sobrio y sereno, como estaba, hubiera sufrido en España o en Estados Unidos un accidente semejante al que tuvo en Cuba, en lugar de ser acusado de homicidio culposo, él y los familiares de Oswaldo Payá y de Harold Cepero, los dos demócratas cubanos fallecidos, estarían demandando al gobierno por la pésima señalización de las carreteras, y a la agencia estatal que les alquiló un coche en el que, presumiblemente, o no había o no funcionaron adecuadamente los air bags.

La familia de Cepero, además, le exigiría una compensación extra al sistema sanitario, porque su muerte pudo haberse evitado si los servicios médicos hubieran actuado con rapidez y capacidad profesional. Cepero no murió instantáneamente, como Payá, por un fuerte golpe, sino por un coágulo en una pierna que no le detectaron a tiempo, algo que puede ser calificado como negligencia médica.

La razón directa que provocó el siniestro fue la falta de pavimentación, la presencia de una gravilla resbalosa, y la ausencia de letreros que advirtieran claramente esta circunstancia.

En las carreteras cubanas, pésimamente mantenidas, hay un déficit crónico de señalizaciones (exceptuadas las vallas propagandísticas que exaltan las maravillas de la revolución), y, según Oscar Suárez, exreportero de la televisión cubana, que conoce bien la región del accidente, Ángel Carromero asegura que no vio letrero alguno, porque, sencillamente, no existía.

Sentido común

Esa señal que escuetamente ponía la palabra “Bache”, que nada claro previene, fue colocada con posterioridad para armar un escenario con el cual condenarlo y exculpar a las autoridades cubanas. El signo universal de tráfico que advierte sobre la posibilidad de resbalar son dos líneas onduladas paralelas. No hay el menor rastro de esos letreros en el camino.

Lo que quieren que creamos del accidente de Carromero es que iba con exceso de velocidad y por ello, y por frenar, su coche derrapó e impactó a un árbol lateralmente. Eso fue lo que públicamente se vio obligado a declarar el joven líder español. Pero es muy difícil correr a gran velocidad por esos endiablados caminos, marchaban en un pequeño Accent de una mínima cilindrada, y no hay nada raro en aplicar los frenos cuando súbitamente cambia la superficie sobre la que transitamos, a no ser que previamente estemos advertidos por las señales de tránsito.

Lo que sabemos, con toda certeza, es que la mayor parte de las personas, sometidas a la presión de la policía política cubana -recuérdese “el caso Padilla”-, declara cualquier cosa. El ex coronel Álvaro Prendes, héroe de la revolución que acabó en una cárcel castrista y luego murió en el exilio, solía explicarlo con una frase melancólica: “Superman, a la semana de estar en manos de la Seguridad del Estado cubano, se echa a llorar y se limpia los mocos con la capa”.

El accidente le viene como anillo al dedo a la dictadura para tratar de poner fin a la solidaridad internacional con los demócratas cubanos. Ya Carromero y Jens Aron Modig, el líder juvenil democristiano sueco que viajaba con él, se han excusado por prestarle ayuda a la oposición pacífica de la isla.

Ése es el propósito del régimen de Raúl Castro: invocar la supuesta soberanía cubana vulnerada por unos extranjeros que les llevaban a los disidentes algo de dinero, memorias flash, información y, sobre todo, respaldo político. Más o menos lo que los demócratas de Europa les llevaban a sus correligionarios españoles durante la dictadura de Franco.
Doble estándar

Algo no muy distinto, por cierto, pero mucho más honorable, limitado y ajustado a las normas internacionales, que lo que hacen los comunistas de diversas partes del mundo cuando acarrean recursos en sus países para sostener a la dictadura de partido único de Raúl Castro, ofrecen constantemente su solidaridad, y hasta llevan a La Habana el producto de sus fechorías, como los 60 millones de dólares que le aportaron a Fidel los montoneros argentinos tras el secuestro de los acaudalados hermanos Born, y transfirieron el rescate a la Isla.

El gobierno cubano, en suma, proclama y ejerce su derecho a ejercer el “internacionalismo revolucionario”, que le costó la vida al Che Guevara, pero no reconoce el derecho al “internacionalismo democrático” que deben practicar quienes creen que la libertad es un don universal.

Mientras Cuba se queja de la intervención de los populares españoles y los democristianos suecos en la política cubana, sus agentes y simpatizantes intentan influir en la política norteamericana. Se ha sabido que algunos de los organizadores de vuelos charter USA-Cuba han donado hasta 250.000 dólares a la campaña de Obama a la espera de que ese dinero se transforme en un cambio de política hacia Cuba en su segundo periodo. Eso se llama hipocresía.

Carlos Alberto Montaner

jueves, 12 de julio de 2012

Yet another flight of fancy by Fidel

Fidel Castro has fallen in love with the moringa. It is a twilight love affair. At 86, as in the boleros, he has found another reason to live.

The moringa is a miraculous plant from India. It is an inexhaustible source of proteins and minerals that grows almost without any water, in any soil. Why the moringa has not performed its wonders in India is an uncomfortable question that the old Comandante does not pose.

Fidel is a man of answers, not questions. He knows not doubt, that typical attitude of the CIA agents.

Fidel is sure that this time he has found the silver bullet that will kill all the economic ills that beset his country. It will be his final legacy to the nation he has led for three generations, although in this final stage he is assisted by his little (in more ways than one) brother Raúl.

This is not the first time Fidel has been illuminated by such genial intuitions. Economist Marzo Fernández, who escaped from the Caribbean loony bin some years ago, summarized well the list of portentous findings made at Fidel’s initiative: a pea seed that could germinate even in a toothbrush; a variety of rice called IR8; a coffee seed called caturra that needed no shade, no water, no soil because, like ivy, it clung tenaciously to rocks; a wonderful plantain cultivated by microjet; a type of cattle with generous cows that provided rivers of milk and tons of meat.

The latter did not fulfill the expectations but at least allowed Cubans to own the only statue built in the world to a cow, the glorious Ubre Blanca (White Udder), along with a bull ambiguously named Rosa Fe, also venerated, who died in the performance of its duty and in the caring arms of its breeder after its thousandth revolutionary ejaculation.

Why go on? The Cuban revolution is like the Caribbean version of The Cabinet of Dr. Caligari or Dr. Frankenstein’s clinic. The Cuban society is an experimental lab placed at the disposal of an arbitrary fellow — full of fancy, wrathful and authoritarian — who has spent more than half a century looking for a trick that will catapult to fame and prosperity the farm he owns, i.e., Cuba. That character, Fidel, has hoarded and reserved for himself the ability to take initiatives. It is he who specifies what the needs are, and he who solves them. It is he, only he, who discovers the opportunities and exploits them.

For that reason, among others, this regime is an absolute failure. If we believe the disciples of Vilfredo Pareto — and there are reasons to take into account this extraordinary Italian economist — 20 percent of society has the drive that it takes to pull along the remaining 80 percent. From that energetic fifth part emerge most of the initiatives.

That means that, in a country like Cuba, Fidel Castro has assumed the creative faculties of more than 2 million people and has condemned them to be passively obedient to his most delirious whims. This explains (in part) the misery and hopelessness that engulf that poor nation, from which young people try to flee aboard any vessel because, given their experience, they’re incapable of believing that someday they’ll be able to improve the quality of their lives.

Raúl Castro is well aware of this. He knows that his brother’s caprices are responsible for much of the country’s economic failure, but his authority is not great enough to stop him. He has obeyed Fidel blindly all his life, and that behavior has become a habit.

In any case, Raúl is a different despot. He manages disasters, though he doesn’t provoke them. His intention is to cling to political power at any cost and wants to copy the Vietnamese model, although nobody knows exactly what that monstrosity is.

I am told that Raúl dismissed the moringa story with a melancholy and impotent comment: “It’s one of Fidel’s things”.

Carlos Alberto Montaner

domingo, 8 de julio de 2012

La moringa de Fidel

Fidel Castro se ha enamorado de la moringa. Es un amor crepuscular. A sus 86 años, como en los boleros, ha encontrado otra razón para vivir. La moringa es una planta milagrosa que viene de la India. Es una fuente inagotable de proteínas y minerales que crece casi sin agua y en cualquier terreno. Por qué la moringa no ha efectuado sus prodigios en la India es una pregunta incómoda que el viejo Comandante no se hace. Fidel es un hombre de respuestas, no de preguntas. No conoce la duda, esa actitud típica de los agentes de la CIA. Fidel está seguro de que esta vez ha acertado con la bala de plata adecuada para matar de un tiro todos los males económicos que aquejan al país. Será su legado final a la nación que ha dirigido desde hace tres generaciones, aunque en el tramo final lo asiste su hermano Raúl, en tantos sentidos, pequeño.

No es la primera vez que Fidel resulta iluminado por estas intuiciones geniales. El economista Marzo Fernández, escapado del manicomio hace unos años, sintetizó muy bien la lista de hallazgos portentosos debidos a la iniciativa de Fidel: una semilla de gandul que crecía hasta en el cepillo de dientes; el arroz IR8; el café caturra que no necesitaba sombra, ni agua, ni tierra, porque, como la hidra, arraigaba tenazmente hasta en las piedras; un plátano maravilloso cultivado por microjet; un tipo de ganado con vacas generosas que daban ríos de leche y toneladas de carne que no cumplió lo que se esperaba, pero al menos les dejó a los cubanos la única estatua que existe en el mundo a una vaca, la gloriosa Ubre Blanca, junto a un toro semental, ambiguamente llamado Rosa Fe, también venerado, que murió en acto de servicio y en los brazos amorosos de un mamporrero tras la milésima eyaculación revolucionaria.

¿Para qué seguir? La revolución cubana es algo así como la versión caribeña del Gabinete del Doctor Caligari o la consulta del Dr. Frankestein. La sociedad cubana es un laboratorio experimental colocado a la disposición de un tipo arbitrario y lleno de imaginación, colérico y autoritario, que lleva más de medio siglo buscando un truquito que catapulte a la fama y a la prosperidad la hacienda de su propiedad llamada Cuba. Ese personaje, Fidel, ha acaparado y se ha reservado absolutamente la capacidad de tomar iniciativas. Es él quien precisa cuáles son las necesidades y las resuelve. Es él, en exclusiva, quien descubre las oportunidades y se lanza a explotarlas.

Por eso, entre otras razones, ese régimen es un fracaso absoluto. Si le vamos a creer a los discípulos de Vilfredo Pareto —y hay razones para tomar en cuenta a este extraordinario economista italiano— el 20% de la sociedad tiene el ímpetu que se necesita para tirar del 80 restante. De esa quinta parte llena de energía surgen la mayoría de las iniciativas. Eso quiere decir que en un país como Cuba, Fidel Castro se ha apoderado de las facultades creativas de más de dos millones de personas y las ha condenado a la pasiva obediencia de sus caprichos más delirantes, lo que explica (en parte) la miseria y la desesperanza que imperan en esa pobre nación, de la que los jóvenes quieren escapar a bordo de cualquier cosa porque, dada la experiencia, son incapaces de creer que algún día conseguirán mejorar la calidad de sus vidas.

Raúl Castro no ignora nada de esto. Él sabe que los arrebatos de su hermano son responsables de una buena parte del fracaso económico del país, pero su autoridad no le alcanza para frenarlo. Lo ha obedecido ciegamente toda su vida y esos comportamientos se convierten en hábitos. En todo caso, Raúl es un déspota diferente. Administra el desastre, pero no lo provoca. Su intención es mantener el poder político a cualquier costo y quiere copiar el modelo vietnamita, aunque no se sabe muy bien qué es ese engendro. Me cuentan que Raúl despachó la historia de la moringa con un comentario melancólico e impotente: “son cosas de Fidel”.

Carlos Alberto Montaner

lunes, 13 de febrero de 2012

La libertad no es un lujo

No hay contradicción alguna entre la libertad y el desarrollo. Mientras más libre es una sociedad más prosperidad será capaz de alcanzar, siempre que la inmensa mayoría de las personas se sometan voluntaria y responsablemente al imperio de la ley. Los taiwaneses, de manera creciente, han ido adquiriendo el control de sus vidas mediante el ejercicio de la libertad y eso ha repercutido muy favorablemente en la calidad de la convivencia nacional.

En definitiva, ésa es la gran lección taiwanesa para los cubanos. La libertad es posible. La libertad es conveniente. La libertad no es un lujo. Algo que acaso intuyeron los mambises en el siglo XIX cuando adoptaron como grito de batalla un bello deseo: ¡Viva Cuba Libre!

Carlos Alberto Montaner

viernes, 3 de febrero de 2012

¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera!

Carlos Alberto Montaner

María Corina Machado le ha escrito una carta abierta a Fidel Castro que ha estremecido el ciberespacio. Debo haberla recibido trescientas veces desde que comenzó a circular por Internet. No tiene desperdicio.

María Corina es una atractiva ingeniera venezolana de 45 años, experta en cuestiones empresariales, diputada antichavista, madre de tres hijos y candidata a encabezar a los demócratas de su país en las elecciones primarias del 12 de febrero próximo, fecha en que la oposición elegirá entre cinco políticos a la figura unitaria que deberá enfrentarse a Chávez (si está vivo en esa fecha) en los comicios del 7 de octubre próximo.

Recientemente, la señora Machado adquirió notoriedad internacional cuando interrumpió y respondió contundentemente al maratónico discurso del presidente Chávez ante la asamblea legislativa. No obstante, Henrique Capriles Radonski, gobernador de Miranda, se mantiene al frente en todas las encuestas que he visto, seguido de cerca por Pablo Pérez, joven gobernador de Zulia.

A propósito de la intervención de la diputada, Fidel Castro, en uno de los textos que suele publicar bajo el título de “Reflexiones”, entró en el debate venezolano atacando a María Corina y defendiendo a su discípulo Chávez de la acusación de “ladrón”, tarea imposible, dado el grado de corrupción e impunidad que se observa en el país.

Según Transparency International, la organización que mide los niveles de corrupción en el sector público mundial, en el ranking de los 176 países escrutados, Venezuela ocupa el 164. Es el país más podrido de América Latina. Más, incluso, que Haití (146), la segunda nación más corrupta de la región. Dato que le da la razón a la diputada y compromete la honra del presidente Chávez: si no lo impide, es porque ésa sería su ilegal forma de ejercer el poder, o, si no lo persigue, porque no está enterado, en ambas situaciones se demostraría que no debe seguir al frente del país.

En todo caso, el entusiasmo de los venezolanos por la carta de la diputada a Fidel Castro no es por lo que ella le dijo a Chávez, sino por lo que les dice “a los cubanos”. María Corina le reprocha al Comandante los ciento diez mil barriles diarios de petróleo que su país le entrega a Cuba sin esperanzas de cobro. Le recuerda las numerosas operaciones fraudulentas de ventas internacionales a Venezuela trianguladas a través de La Habana sin otro objeto que el de engordar las arcas cubanas a costa del sacrificio de los trabajadores venezolanos. Condena la grosera injerencia de la policía política y el ejército de la Isla en su rica colonia sudamericana, pero le advierte a Fidel Castro que no debe olvidar cómo, en el pasado, cuando el régimen cubano infiltró guerrillas y saboteadores en el país, los gobiernos democráticos de entonces y las Fuerzas Armadas Nacionales derrotaron totalmente esos intentos subversivos, algo que volverá a suceder en el futuro.

La popular acogida a la carta de la diputada demuestra la profunda molestia de los venezolanos con el tipo de relación metrópoli-colonia establecida entre Cuba y Venezuela por decisión de Hugo Chávez, incluso contra el criterio de muchos chavistas que ven esos vínculos como un hecho humillante e inexplicable.

Es la primera vez en la historia que una nación más rica, poderosa, grande, poblada, desarrollada y educada, se subordina voluntariamente a las órdenes e intereses de otra más pobre, marginal y fracasada que la explota inicuamente.

Y ésta no es una percepción política de la oposición, sino un lógico sentimiento popular expresado de múltiples maneras. En YouTube existe, para cualquiera que desee verlo, un video amateur recientemente filmado en el aeropuerto de Maiquetía (Caracas), que refleja ese profundo sentimiento anticubano germinado en el corazón de los venezolanos.

Se trata del colérico recibimiento a una nutrida delegación cubana que llegaba a Venezuela vistiendo camisetas con el rostro del Che Guevara. De pronto, espontáneamente, primero unos pocos, luego decenas, más tarde centenares, empleados, viajeros y acompañantes, los venezolanos comenzaron a gritar ¡Fuera¡ ¡Fuera¡ ¡Fuera¡ ante la perplejidad de unos cubanos que no sabían que los recibirían a gritos, con la furia que muestran los siervos ante los amos cuando llega el momento de la liberación.

Para Raúl Castro, el fin del chavismo, ya sea por defunción del teniente coronel o por una derrota política imparable, significará un peligroso descalabro económico y político. Ni siquiera puede descartar una especie de operación Dunkerque caribeña, evacuación urgente de decenas de miles de cubanos enquistados en la maquinaria pública venezolana a los que habría que proteger de la ira popular. Si eso sucede, ya sabe que los cubanos se irán escoltados por un grito visceral que los venezolanos han estado ensayando a todo pulmón: ¡Fuera!

lunes, 30 de enero de 2012

El gran enterrador

Carlos Alberto Montaner

Otra reunión de la cúpula del Partido Comunista Cubano. ¿Qué hace Raúl Castro a más de seis años de ocupar el poder? Digamos que el general es una especie de Gorbachov tropical cruzado con Stalin. Cambios sí, pero económicos, menores, a culatazos, y sin vestigios de libertades políticas.

Raúl, cautelosamente, trata de reformar el sistema. La sociedad produce muy poco y muy mal. La revolución lleva más de medio siglo racionando los alimentos en cantidades decrecientes y el salario promedio de los trabajadores es de unos doce dólares mensuales. La mitad de las edificaciones está a punto del colapso. Faltan un millón y medio de viviendas para una población de apenas once millones de habitantes. La corrupción es enorme y el deseo de los jóvenes no es crear una microempresa, sino largarse de un país en el que el transporte es una pesadilla, las oportunidades laborales un chiste e internet una quimera.

No todos, claro. Dentro de esa miseria, acaso un 1 por ciento –algo más de cien mil personas—vive relativamente bien. Son los «nomenklaturosos». Comen y se visten sin dificultades, viajan al extranjero, disponen de autos con gasolina abundante, se curan en unos pocos hospitales razonablemente dotados, compran en tiendas dolarizadas y forman parte de lo que allá llaman la «nomenklatura». Suelen estar vinculados a la policía política, al ejército, a los altos cargos administrativos y a las empresas extranjeras.

El pueblo de a pie los odia y envidia. Es lo que suele suceder cuando se vive en sociedades sin esperanzas de mejorar la calidad de vida. No importa lo que la persona estudie, valga o se esfuerce. No hay ladera que escalar ni incentivos por hacer bien las cosas. Un buen cirujano o un ingeniero notable y laborioso saben que nunca podrán tener una casa con piscina, yate y gimnasio, como la del general Ramiro Valdés en la Playa de Santa Fe en las afueras de La Habana.

Tres generaciones consecutivas de cubanos han aprendido esa terrible lección: la única manera de tener una existencia materialmente agradable es pertenecer al cogollo de los que mandan y disfrutan, pero ese espacio es muy pequeño y generalmente inaccesible. No hay competencia ni existe meritocracia para alcanzar la cima. Lo que se premia es la lealtad política al jefe. Las únicas recompensas importantes se obtienen cantando en el coro de los aduladores.

¿En qué consisten las cacareadas reformas? El objetivo es revertir medio siglo de galopante improductividad provocada por el colectivismo y por las locuras del Comandante. ¿Cómo? Descentralizando los mecanismos de toma de decisiones y creando un tejido microempresarial privado que absorba la cuantiosa mano de obra excedente de la que Raúl Castro quiere liberar al Estado: más o menos el 25 por ciento de las personas en edad de trabajar.

Y aquí vienen las contradicciones: todo esto, naturalmente, sin renunciar al partido único, a la planificación centralizada y al control de precios, porque la existencia de propiedad privada no se percibe como un derecho moralmente justificable que forma parte de un modo más racional y eficiente de organizar a la sociedad, sino como un mal necesario para salvar al sistema de los males que él mismo genera.

Para colmo de males, Raúl no tiene demasiada suerte. Heredó la presidencia de un régimen decrépito cuya consigna era «socialismo o muerte», y su primera medida fue matar al socialismo que sustentaba ideológicamente a la dictadura. Acabó con la cháchara marxista-leninista y se acogió a la jerigonza del pragmatismo autoritario de los palos y las zanahorias. Lo único importante es el poder y la supervivencia de la clase dominante.

Mientras tanto, Fidel agoniza lentamente, fuera de combate, a la espera de que lo sepulten. Por ahora, es un zombi que da tumbos frente a los visitantes que acuden, maravillados, a ver el último acto de la vieja atracción caribeña. Pero, de todas esas muertes, ninguna será más devastadora que la de Hugo Chávez, el loquito de los petrodólares. Cuando se muera —pronto, según ABC— se secará la interesada compasión venezolana y en Cuba, súbitamente, se reducirá el consumo un 50 por ciento, como cuando desaparecieron la URSS y sus subsidios. Será la de Dios es Cristo. Raúl lo sabe y lo teme.

viernes, 26 de agosto de 2011

Bienvenido, Pablo Milanés

Pablo Milanés ha dicho tres cosas muy importantes en una excelente entrevista que le hizo Gloria Ordaz para Univisión. Dijo que ya no deseaba cantarle a Fidel Castro, que no tiene inconveniente en dedicarles una canción a las Damas de Blanco, y que es un revolucionario crítico comprometido con el sistema socialista.

Bravo. Eso quiere decir, primero, que el famoso cantautor rompió realmente con esa penosa subordinación moral e intelectual hacia el caudillo que caracteriza a las irracionales dictaduras personalistas; segundo, que acepta la pluralidad y las diferencias dentro de una sociedad en la que muchas personas honorables tienen posiciones distintas, sin que ello las convierta en enemigos execrables o en agentes de la CIA; y, tercero, que no ha dejado de ser comunista, pero no está dispuesto a callar ante los errores y los atropellos de su gobierno. La militancia no exige ser ciego y mudo ante lo que está mal. Lo revolucionario es la rebeldía, no la aquiescente sumisión.

Mi impresión es que por la boca de Pablo están hablando cientos de miles de comunistas cubanos que se consideran verdaderos reformistas. Para ellos, no bastan los cuatro parches que Raúl le quiere poner al sistema productivo para continuar manteniendo su dictadura de partido único manejada por un grupúsculo elegido a dedo por el general entre el círculo íntimo de sus incondicionales. Ése, según se deduce de las palabras de Pablo, no es un gobierno moderno y legítimo, sino una banda al servicio de un jefe todopoderoso que ignora hasta los principios del “centralismo democrático” que supuestamente deben normar las relaciones entre los camaradas. Por eso Pablo quiere cambios reales.

Los demócratas de la oposición deberían hacer un esfuerzo por entender el fenómeno. Pablo Milanés, y con él seguramente cientos de miles de personas que se consideran “revolucionarias”, no son enemigas. Son adversarios políticos dotados de ciertas ideas, a mi juicio disparatadas, pero con los que se puede y se debe convivir en una Cuba liberada del dogmatismo estalinista de los Castro. Al fin y al cabo, en las treinta democracias desarrolladas, prósperas y felices del planeta, las familias ideológicamente diferentes conviven en los parlamentos y son capaces de encontrar zonas de colaboración.

Tal vez los cubanos jóvenes no lo sepan, pero entre los años de 1940 y 1944, en un periodo democrático, el general Fulgencio Batista, acompañado y apoyado por los comunistas, fue libremente electo a la presidencia de la república por la mayoría de los cubanos. En esa época, de impetuoso crecimiento, por cierto, los comunistas-batistianos defendían la pluralidad y así llegaron al gabinete de gobierno dos ministros de esa cuerda política. Cuando Batista dejó la presidencia y viajó a Chile, el camarada Pablo Neruda lo saludó con un texto absolutamente obsequioso lleno de adjetivos entusiastas.

Tras más de medio siglo de descalabros, fusilamientos, exilios masivos, empobrecimiento progresivo, aventuras militares, violaciones de los derechos humanos y ejercicio arbitrario del poder por un caudillo iluminado empeñado en reinventar todo lo que existe, desde los seres humanos a las vacas, pasando por el café o la avicultura, ha llegado la hora de que la sociedad, toda la sociedad, asuma la dirección de su destino de forma pacífica, racional, plural y colegiada. Ese proceso comienza por un sobrio apretón de manos entre los comunistas reformistas y los demócratas de la oposición. Son, o deben ser, adversarios respetuosos, no enemigos. Bienvenido, Pablo Milanés.

http://www.elblogdemontaner.com/

martes, 5 de julio de 2011

Retorna el fantasma de Vene-Cuba

Carlos Alberto Montaner

El peligro es real. Los demócratas venezolanos temen que, ante el cáncer que padece Hugo Chávez, coincidente con la inevitable desaparición de un Fidel Castro muy golpeado por las enfermedades y los años, La Habana y Caracas desempolven precipitadamente los planes de federación que anunciaron a fines del 2005 y luego engavetaron.

¿Cómo se llegó a la idea de unir a los dos países? Fue una sonámbula deriva de la Guerra Fría, concebida por Fidel Castro a principios del nuevo milenio, cuando convenció a su arrobado discípulo venezolano de que a La Habana y Caracas –en realidad a Fidel y a Hugo—les correspondía la tarea de continuar con la lucha antiimperialista abandonada por los traidores rusos desde el momento en que Gorbachov, manipulado por la CIA, se vendió al capital, disolvió a la URSS y le puso fin al modelo de gobierno marxista-leninista que desde 1917 militaba a favor de los trabajadores del mundo.

Había que volver a las trincheras, aunque por nuevos procedimientos electorales. Una vez en el gobierno, se procedía a desmontar todo el andamiaje burgués republicano en los territorios conquistados, liquidando paulatinamente las libertades formales y la división de poderes que limita la autoridad del caudillo. Para esta nueva etapa histórica, Chávez pondría los petrodólares y Fidel aportaría la visión estratégica, los cuadros y el conocimiento de los métodos de lucha revolucionaria aprendidos durante las varias décadas que ejerció como escudero de Moscú. Pero para ello debían forjar un estado bicéfalo que actuara coordinadamente.

En realidad, Fidel vio los cielos abiertos cuando Hugo Chávez apareció en su camino. El Comandante no encontraba entre su propia gente a nadie con la capacidad de fabulación y el espíritu misionero que requieren las grandes utopías políticas. Raúl, ciertamente, no era un buen reemplazo, porque carecía de la facultad de soñar despierto y, sobre todo, de la urgencia de luchar contra el imperialismo yanqui hasta la victoria siempre. Era un buen administrador, leal y discreto, capaz de mantener rígidamente el control de la sociedad y del gobierno, pero nada más. Su heredero político, el hombre que no dejaría morir su hazaña histórica, era Hugo Chávez. Los dos deliraban en la misma frecuencia y con similar intensidad.

Chávez, además, tras el golpe militar de abril de 2002, que le quitó y le devolvió el poder en 72 horas, llegó a una conclusión que reforzaba los planteamientos de Fidel: la revolución bolivariana, como la cubana, sólo podían salvarse y trascender si construían un perímetro internacional de protección nucleado en torno del eje Venezuela-Cuba, circuito al que denominarían ALBA y dotarían de un confuso discurso, el del Socialismo del siglo XXI.

Dentro de esa lógica de supervivencia, a fines del 2005, el entonces canciller cubano Felipe Pérez Roque, el ex vicepresidente del Consejo de Estado Carlos Lage, y el propio Hugo Chávez, anunciaron ambiguamente la fusión de ambos Estados en una nueva entidad, y hasta nombraron a una comisión de juristas que comenzó a estudiar el acoplamiento dentro de un marco jurídico e institucional común. Pocos meses más tarde, sin embargo, Fidel se enfermó gravemente y su dolencia lo puso fuera de combate.

Raúl, tras recibir precipitadamente las riendas del gobierno, aunque sin desecharlo, orilló el proyecto de federar a los dos países y se dedicó a consolidar el poder y a reformar parcialmente el catastrófico aparato productivo que tenía a los cubanos, según su diagnóstico, “al borde del abismo”. Sin embargo, reconocía, de hecho, que Hugo Chávez, por designio de su hermano y por la vocación del venezolano, era el primus inter pares del binomio y el líder internacional del Socialismo del Siglo XXI. Para Raúl, Chávez significaba más de cien mil barriles diarios de petróleo y otros miles de millones de dólares en subsidios, de manera que carecía de sentido disputarle la jefatura. A cambio, había que mantener la alianza y continuar prestándoles servicios políticos y de inteligencia a Chávez y a sus satélites (Bolivia, por ejemplo), las dos especialidades de su gobierno.

Pero ahora, irónicamente, es la vida de Chávez la que peligra, junto a la de Fidel, y acaso el Socialismo del siglo XXI se quedará sin monarca y Cuba sin protector, lo que sería la ruina absoluta para La Habana y el fin de la utopía chavista. ¿Cómo conjurar ese peligro? Sin duda, como temen los demócratas venezolanos, retomando rápidamente el proyecto de federación entre ambos países para que “los cubanos” consigan sujetar el poder en una Venezuela sin Hugo, nominalmente gobernada por un fiel aliado de La Habana (Adán Chávez, por ejemplo), mientras Raúl, acosado por la sensación de que todo el andamiaje se puede desplomar rápidamente, continúa parasitando a Caracas a la ansiosa espera de que las lentas reformas comiencen a dar sus fruto y la Isla algún día logre la autosuficiencia. O sea, otra utopía.

jueves, 16 de septiembre de 2010

Cuba, unas reformas de dudoso éxito

Carlos Alberto Montaner

¿Tiene posibilidades de éxito el proyecto de reformas económicas de Raúl Castro? Muy pocas. Raúl es un militar sin ninguna experiencia en el terreno empresarial y con muy pocas lecturas sobre el tema. Está acostumbrado a dar órdenes a una estructura vertical de mando basada en obediencia. Ha planeado la reforma sigilosamente, sin consenso, junto a un pequeño grupo de generales de su entera confianza y el auxilio de su hijo y presunto heredero, el coronel Alejandro Castro Espín. Muy dentro de su formación autoritaria, Raúl cree que ahora puede decir “hágase el capitalismo o el cooperativismo” y el milagro sucede. Nadie le ha dicho que el país dispone de muy poco capital cívico porque ellos se encargaron de destruirlo, y ese elemento es clave para impulsar el desarrollo.

Tampoco creo que haya reparado en que la economía de mercado basada en la existencia de propiedad privada depende de la confianza, la buena fe y el cumplimiento de los contratos. Durante medio siglo, mientras los comunistas hablaban de solidaridad y del bien común, sin advertirlo adiestraron a los cubanos en el “todos contra todos” y en él “sálvese el que pueda”. Revertir esas tendencias culturales y esos comportamientos va a tomar cierto tiempo. Aprender que el robo y la mentira son censurables es una tarea de largo aliento.

¿Qué va a suceder con las reformas de Raúl Castro? Lo primero que va a ocurrir, es que Raúl Castro no tardará en descubrir que las reformas de los estados totalitarios jamás se ajustan al proyecto original que las sustentaba. Una vez iniciado los cambios, como en el reino de Serendip, verá cómo se producen reacciones imprevistas y consecuencias no deseadas. Todo ello lo precipitará a nuevos cambios, que a su vez generará otros desenlaces insospechados hasta que los planes originales queden pulverizados.

Quienes hablan del “modelo chino” ignoran que a de Deng Xiaoping jamás le pasó por la cabeza que China acabaría siendo una dictadura de capitalismo salvaje y partido único en la que la obsesión nacional es hablar inglés y vivir a la manera occidental. Todo lo que Deng quería era aumentar la bajísima productividad y la producción del país para poder acercarse a los niveles de Taiwán o Singapur. Algo parecido a lo que intentó hacer Gorbachov en la Unión Soviética y acabó destrozando el sistema comunista.

En todo caso, los cambios que Raúl está imponiendo no van a dar frutos a corto ni a mediano plazo, pero probablemente generarán unas ásperas fricciones dentro y fuera de Cuba. Tal vez debió comenzar por poner en orden el sistema monetario. Mientras existan dos monedas ligadas por un cambio tramposo, la distorsión que se produce en cualquier transacción hace muy difícil obtener beneficios, ahorrar e invertir, que es la única secuencia de crecimiento económico.

No existe, tampoco, un sistema de precios basado en la oferta y la demanda. Exactamente como sucede con las dos monedas, ocurre con los precios: el mercado negro, o el mercado paralelo autorizado por el gobierno, se rige por unos precios que tienen muy poco que ver con los oficiales. Si el gobierno intenta controlar los precios del incipiente sector privado lo que hará es desincentivar a los productores. Si no los controla y se produce un alza en los precios, como sucedió, por cierto, en Cuba entre 1964 y 1968, cuando existía ese tejido empresarial privado, esto provocará conflictos sociales e inflación.

En el país, sencillamente, mientras se mantenga la constitución estalinista que lo rige, no hay instituciones de derecho capaces de tutelar las transacciones comerciales en el sector privado. No existe un código comercio adecuado a la nueva realidad. No hay una ley que regule las quiebras. Los jueces y abogados apenas tienen experiencia con los problemas y conflictos típicos de las sociedades en donde existe propiedad privada.

No hay en el país un sistema financiero al que acudir en busca de recursos. No hay ahorro nacional y el poco que hay no lo van a utilizar para respaldar inversiones privadas. No es posible utilizar los bienes inmuebles como garantía para la obtención de préstamos porque, en rigor, las personas no son propietarias de sus viviendas. Las habitan en usufructo y ni siquiera pueden repararlas por cuenta propia. Por otra parte, el estado se encuentra desabastecido, lo que quiere decir que difícilmente podrá atender las necesidades de insumo de los empresarios privados.

¿De dónde saldrá de capital y los insumos para poner en marcha las empresas privadas o las cooperativas? Raúl Castro y su pequeño grupo de colaboradores esperan que ese capital y esos insumos provengan de los exiliados deseosos de ayudar a sus familiares y amigos y, por qué no, de hacer negocios que los puedan beneficiar a ellos.

Probablemente tiene razón el gobernante cubano y muchos exiliados estarán dispuestos a aventurar pequeñas cantidades de dinero, pero las consecuencias políticas y sociales de esas inversiones seguramente serán devastadoras para el ya mínimo prestigio que tienen las ideas comunistas. Si en Cuba, quienes van a vivir mejor, y quienes tienen la posibilidad de enriquecerse son las personas emprendedoras que se asocien de alguna manera a sus parientes y amigos radicados en el exterior para desarrollar actividades privadas, no hay duda de que los ciudadanos de segunda serán aquellos que permanezcan anclados en la retórica y la práctica revolucionarias.

Ante ese ejemplo, seguramente muchos miembros de la nomenclatura, especialmente los más jóvenes, desearán apartarse del partido y de las instituciones gubernamentales para sumarse a las actividades empresariales privadas. Ya hay síntomas de ese fenómeno. Dos de los hijos de Fidel, el hijo de Machado Ventura, y miles de jóvenes que pertenecen a las familias del poder, y que ya no tienen la menor convicción comunista o revolucionaria, se separarán del aparato de gobierno para dedicarse al mundo de los negocios, haciendo buena la vieja frase que asegura que el comunismo “es una pesadilla que a veces se interpone entre el capitalismo y el capitalismo”.

Sin embargo, estas tensiones que se aproximan en el país no van a sorprender a Raúl Castro. Mientras preparaba su plan de reformas, enviaba a China al general Colomé Ibarra a comprar abundantes equipos antimotines para prepararse contra cualquier disturbio que pudiera surgir en la isla. Por temperamento y formación, a Raúl Castro no le temblará el pulso cuando crea que debe sacar los carros de combate y dar la orden de represión sangrienta y masiva. Para eso ha creado un cuerpo especial de élite dispuesto a matar si es necesario.

En definitiva, ¿qué va a suceder en Cuba? Lo advirtió, a mediados del siglo XIX, Alexis de Tocqueville: este tipo de régimen se estremece y colapsa cuando intenta cambiar, no cuando permanece quieto e indiferente en medio del desastre. Fidel Castro había leído a Tocqueville y lo sabía. Al final del camino, Raúl comprenderá la lección que en su momento aprendió Gorbachov: el sistema no es reformable. Hay que echarlo abajo. Pacíficamente si se quiere, pero hay que demolerlo.

viernes, 27 de agosto de 2010

Raúl Castro travels to the past

Carlos Alberto Montaner

Slowly, without haste, Raúl Castro has begun a journey to the past. He wants to return to March 13, 1968. The voyage, he believes, may take several years. It will be his economic reform and his timid way to fix the mess he inherited. On that day, his brother Fidel, in a collectivist fit that was not recommended by almost anyone – especially not by Vice President Carlos Rafael Rodríguez, an old communist who displayed some vestiges of prudence – confiscated and nationalized almost 60,000 small businesses that still remained in private hands after the big and medium businesses had been swallowed up in the first two years of dictatorship.

That impoverishing blunder was described by Fidel as “a revolutionary offensive.”
With a Stalinist snap of the fingers, the Comandante abolished small restaurants, family enterprises, shops that repaired all kinds of objects, tailors and seamstresses, barbers, electricians, plumbers, carpenters, and the rest of the artisans and specialized technicians who managed to alleviate the horrors of the public sector of the economy, already badly affected by bureaucratic bumbling, shortages and inflation. In a few months, the communist purgatory became a true hell: almost nothing could be fixed or replaced. The country's material decadence accelerated to the point where it is today: a country in ruins that seems to have been bombed by some pitiless enemy.


Why did Fidel commit such a stupidity? Besides the political power, which is always in his calculations, and his pathological need to control everything, he did it for moral reasons. “We do not want men to follow the selfish instinct of individuality, the life of the wolf, the life of the beast,” he said. To Fidel, the entrepreneurial Cuban who wished to break through and struggle to improve his and his family's quality of life was a scoundrel without a sense of solidarity, a fellow who had to be reeducated and transformed into “the New Man,” or someone who had to be wiped out because he didn't fit into the wonderful society of disinterested and angelical revolutionaries that he was creating.


It was an era of frustrations and radicalism. In October 1967, Ernesto Che Guevara died in Bolivia and, with him, the mumbo-jumbo of “foquismo” [or focalized guerrilla war.] The event provoked in Cuba an official declaration of mourning that included the permanent shutdown of all cabarets and entertainment halls. To enjoy oneself was not fitting for revolutionaries. In January 1968, Fidel disposed of several critics of Marxism who had emerged in the Communist Party, whom he called “the microfaction” before imprisoning them. In March, he launched the abovementioned “revolutionary offensive” against small entrepreneurs. In August, he supported the Soviet invasion of Czechoslovakia. He had been unleashed. It was “the Year of the Heroic Guerrilla.” Prozac had not yet been invented.


Today, almost everyone in Cuba, Raúl included, recognizes that Fidel's ultracommunist spasms exponentially increased the economic disaster that that poor country has experienced. But many revolutionaries, Raúl included, have been unable to rid themselves of their moral censure of the entrepreneurial spirit. Although they know that it is necessary to restore private property so everything may work, they see that transformation not as something positive but as an embarrassing, unpleasant concession. They continue to be convinced that Guevarism is, theoretically, a superior form of conduct, though in practice it is inapplicable and useless because of the accursed human nature.

That is why Raúl Castro's reform will fail. Because he bogs down the changes with all kinds of cautions, limitations and punishments. He does not believe in freedom. He does not concede changes convinced of what he does and repentant for what he did. He acquiesces reluctantly, as if gagging, forced to do so by the catastrophe he and his brother have provoked. He is trying to knit a thin cloth of capitalist entrepreneurship only to save his communist, one-party dictatorship. He thinks that, if he succeeds, he will be able to organize the transmission of authority without losing one gram of political power. He does not understand that the apparatus they eliminated at one stroke had developed spontaneously in the course of centuries, as a consequence of the free market and trial and error. That climate cannot be recreated by decree with measures of social engineering. That's not the way to travel to the past.

jueves, 22 de julio de 2010

De repente, la libertad

Carlos Alberto Montaner

En memoria de mi amiga Olga Guillot, la mejor bolerista de la historia, quien murió a la víspera de estos acontecimientos.

Inesperadamente, el guardia, con un tono menos hosco de lo habitual, le dijo: “Paneque, tienes que salir de la celda para hablar por teléfono”. José Luis García Paneque es un médico, cirujano plástico, especialista en quemadas, de 44 años, padre de familia con varios hijos pequeños, locuaz e inteligente como un demonio bueno. En marzo de 2003, durante la llamada “Primavera Negra de La Habana”, fue detenido y sumariamente condenado a 15 años de cárcel. ¿Delito? Como el resto de los 75 apresados durante aquella orgía represiva, escribía crónicas sobre la realidad cubana en diarios extranjeros (porque no lo dejaban en la prensa amaestrada por el gobierno), prestaba libros prohibidos, quería y pedía democracia para su país y era un católico devoto. O sea, el retrato robot viviente de un peligroso enemigo del pueblo y agente del imperialismo yanqui.

La llamada era del Cardenal Jaime Ortega. Amablemente, el prelado le preguntó si quería ser excarcelado y enviado a España. No había condiciones humillantes. Ni él las hubiera aceptado ni Ortega las hubiera propuesto. Paneque le dijo que sí. De alguna manera, la oposición democrática había ganado la partida y la dictadura comenzaba a desprenderse de los presos de conciencia. Paneque, además, confiaba en su Iglesia. Los curas y obispos no lo habían abandonado cuando fue detenido. Ayudaron a su familia y se interesaron por él cuando descubrieron que se estaba muriendo por las enfermedades infecciosas contraídas por la suciedad de los calabozos. Su sistema inmunológico ya no respondía frente a los parásitos intestinales, las medicinas habían perdido su efectividad y se desnutría progresivamente. Su estampa era la de los prisioneros de los campos de concentración nazis. Tres de los cautivos padecían variantes de la misma enfermedad, crónica e incurable: él, Normando Hernández González y Ariel Sigler Amaya. De los tres, Sigler, que era el más fuerte cuando entraron en prisión, un atleta de 90 kilos, es el que está peor: inválido, delgado como un alambre, en una silla de rueda e incapaz siquiera de sostener la cabeza sin una collera que le apuntale las vértebras cervicales. Todavía está en La Habana porque el gobierno cubano, cruelmente, le niega la salida, pese a que tiene visa estadounidense.

Fui a darles un abrazo a los presos recién llegados a España. Fue muy emotivo. Es imposible contener las lágrimas. Uno las esconde, por esa maldición terrible de que los hombres no lloran, pero los ojos suelen hacer lo que les da la gana. La madre de Normando, Blanca González, acababa de llegar de Miami y apretaba a su hijo con el amor intenso de quien acababa de parirlo por segunda vez. Andrés Eloy Blanco, el gran poeta popular venezolano, lo había advertido sagazmente hace muchas décadas: no hay día más feliz que el de soltar los prisioneros. A Blanca la había visto gritar en cien manifestaciones enarbolando el nombre y el retrato de Normando. Volver a verlo vivo era el sueño con que se acostaba y levantaba todos los días de Dios. Era su causa y la razón que la animaba a seguir respirando en medio de tanto dolor y de tanta noticia triste que volaba desde los calabozos, como pájaros negros, para avisarle que Normando moriría pronto si no lo rescataban.

Los albergaron en un hostal muy modesto en Vallecas, un barrio obrero de la periferia de Madrid. Eso se entiende. España, que ha echado una mano generosa, en medio de una crisis, no dispone de fondos para ejercer la caridad profusamente. Los presos salen con los familiares y la cuenta final puede ser alta para cualquiera de las magras dependencias del Estado. Tal vez, también existía el propósito de aislarlos para que el barullo mediático fuera menor. El gobierno de Zapatero no quiere que esta operación se transforme en una andanada contra la dictadura. Pero eso no va a lograrlo: estos hombres —por ahora, Paneque y Normando, Léster González, Antonio Villarreal, Pablo Pacheco, Julio César Gálvez, Omar Ruiz, Ricardo González—, son gente dispuesta a morir por defender su derecho a decir lo que piensan. Si no pudieron callarlos los golpes, el hambre y las rejas de unas cárceles terribles, ¿quién puede pensar en amordazarlos ahora que han llegado a la libertad? Vinieron a estrenar la garganta y no van a guardar silencio.

domingo, 11 de julio de 2010

Raúl Castro, la Iglesia y los presos

Carlos Alberto Montaner

En Cuba se entra o se sale de la cárcel por razones de Estado, no de derecho. Raúl Castro ha decidido poner en libertad a 52 presos de conciencia. Es su opción menos mala. Esta vez la oposición lo derrotó. La heroica resistencia de los demócratas cubanos, de sus familiares y del resto de la disidencia estaba destrozando la ya magullada imagen de la dictadura. Desde 1962 este episodio se ha repetido con cierta frecuencia. El régimen llena las cárceles y luego necesita evacuarlas. A lo largo de medio siglo, han sido miles los presos políticos cubanos enrejados sin motivos o liberados por cuestiones estratégicas antes de que cumplieran sus sentencias.
¿Cómo proceder a la excarcelación? Aquí entró en juego la Iglesia católica. Eso es lo novedoso. Raúl no cree en Dios, pero sí cree en los curas. Para él, Dios es una abstracción incomprensible, mientras la Iglesia forma parte de la tangible realidad cubana. El cardenal Jaime Ortega, por su parte, no cree en el comunismo, pero sí cree en Raúl Castro. Supone que Raúl, al contrario de Fidel, sí desea sinceramente introducir cambios sustanciales en el país en el terreno social y económico porque comprende que la sociedad cubana se está hundiendo en medio de la improductividad, la corrupción y la absoluta falta de confianza en un torpe sistema que los ha llevado al desastre.

Raúl ha descubierto un fenómeno típico de las sociedades en proceso de transformación: el poder requiere un interlocutor ajeno a su propia naturaleza para cambiar de rumbo. Hace muchos años me lo dijo Adolfo Suárez: ``yo necesité a los comunistas y a los socialistas para enterrar el franquismo y traer la democracia a España''. Raúl, que todavía no se atreve a dialogar con la oposición, por ahora necesita a la Iglesia. No es una mala decisión. Tal vez se acostumbre y la utilice para otros cambios en el futuro. Puede ser útil para todos.

Raúl, que gobierna con un grupo de militares obedientes, siente que no puede llevar el tema de una amnistía al parlamento cubano o al partido comunista porque esas instituciones, que andan sordamente revueltas, han sido adiestradas para obedecer, no para deliberar. Hoy le resultaría muy peligroso abrir un debate dentro de unas estructuras de poder en las que reina una mezcla explosiva de incredulidad con los dogmas de la secta, desconcierto con los resultados prácticos del modelo de gobierno, e inconformidad total con unos hermanos que han hecho lo que les ha dado la gana durante medio siglo de disparates y arbitrariedades.

La Iglesia, por su parte, ha aceptado la responsabilidad a sabiendas de que iba a recibir palos de tirios y troyanos porque ése es uno de sus roles ineludibles: auxiliar a la sociedad en los momentos trágicos. Fue lo que vimos en la Sudáfrica del obispo episcopal Desmond Tutu y en la Nicaragua sandinista de Miguel Obando y Bravo. Son situaciones muy diferentes, pero el fondo es el mismo: la Institución sirve como facilitadora de soluciones. Se convierte en vehículo para acelerar los cambios y evitar la violencia. Naturalmente, también busca recobrar su influencia. No hay nada infame en esa pretensión.

Raúl, en cambio, le ha asignado al canciller español Miguel Angel Moratinos un rol contraproducente. Su papel es quitarle presiones internacionales a la dictadura. Nadie comprende qué gana España con esa cruzada innoble. Raúl utiliza a la Iglesia para comenzar a salir del problema de los prisioneros de conciencia, lo que fundamentalmente beneficia a los demócratas cubanos, pero Moratinos es un instrumento para tratar de persuadir a los países europeos de que abandonen su posición común frente a la tiranía, postura que daña y retrasa el proceso de cambio.

La extraña hipótesis del diplomático es que la suavidad en el trato es lo que ablanda a la dinastía militar de los Castro. Ni siquiera ha sido capaz de advertir que lo que acaba de suceder desmiente su teoría: han sido la firmeza de ciertos países y el heroísmo de los opositores lo que ha abierto los calabozos. Moratinos insiste en un error que perjudica a los cubanos, no beneficia a España y contradice los valores y los compromisos legales de la Unión Europea. ¡Qué hombre más terco!

domingo, 20 de junio de 2010

Otro que se dispone a morir

Carlos Alberto Montaner

Juan Juan Almeida acaba de declararse en huelga de hambre en Cuba hasta que Raúl Castro le permita dejar la Isla por unas semanas para visitar al médico en Bélgica y abrazar a su familia, hoy radicada en el exilio. El padre de Juan Juan era el general Juan Almeida, uno de los pocos negros que acompañó a Fidel Castro en todas sus aventuras revolucionarias. Murió el año pasado y lo enterraron con grandes honores.

Juan Juan, el hijo, está muy enfermo. Sufre un extraño padecimiento de los huesos y las articulaciones que en Cuba no saben cómo atenderle. Los belgas, en cambio, han desarrollado un tratamiento eficaz. Raúl Castro, que conoce a Juan Juan desde que éste era un niño, no quiere dejarlo marchar al extranjero a intentar curarse. Desea verlo morir en la Isla. ¿Por qué? No se sabe exactamente, pero la explicación confidencial que dio un ex embajador cubano es que se trata del criminal capricho de una mujer que odia a Juan Juan. Una mujer por la que Raúl Castro siente una especial predilección.

Uno de los más graves problemas de ese país es que los hermanos Castro son los dueños de la vida y la muerte de todos los cubanos. Fidel decidió que la Dra. Hilda Molina, una eminente neurocirujana, no viajara a Argentina a reunirse con su hijo y su nieto porque su cerebro le pertenecía a la revolución, y allí la tuvo más de una década secuestrada hasta que se cansó y se la regaló al matrimonio de Cristina y Néstor Kirchner.

Raúl actúa de la misma forma. Encarcela, excarcela, deja morir o salva a quien le viene en gana. Allí no hay más ley que su voluntad. No se trata de que Juan Juan Almeida es el hijo de un “héroe” y por eso no puede viajar al extranjero. En Florida viven dos hijas de Fidel. En realidad, no hay un líder revolucionario que no tenga familiares cercanos en el extranjero. Es otra cosa. Así son los esclavistas.

miércoles, 26 de mayo de 2010

Una entrevista a Carlos Alberto Montaner

(Ricardo Angoso) Carlos Alberto Montaner es, seguramente, el disidente cubano más conocido, la voz intelectual, sincera y rigurosa del anticastrismo. Periodista y escritor, Montaner fue cuatro años catedrático de literatura en la Universidad Interamericana de Puerto Rico. Ha sido profesor, investigador y también escritor. En los últimos tiempos, es conocido, sobre todo, por su actividad periodística y su columna aparece semanalmente en docenas de publicaciones de Europa, América Latina y Estados Unidos. Más de seis millones de personas le leen en todo el continente. Desde 1970 reside en Madrid, donde le entrevistamos con motivo de la Cumbre de Madrid entre la Unión Europea y América Latina y el Caribe.

-¿Cómo examina la Cumbre de Madrid?

-América Latina interesa poco en Europa. Los lazos económicos y políticos son escasamente importantes. España hace cierto esfuerzo por convertirse en el gran interlocutor de la región en Europa, pero la diplomacia española se ha desacreditado ante muchas cancillerías de la UE por sus esfuerzos absurdos encaminados a tratar de eliminar la posición común europea frente a la dictadura cubana. Además, en Europa no hay simpatías para algunas de las estrellas mediáticas latinoamericanas: Hugo Chávez, Evo Morales, Raúl Castro, Daniel Ortega. La excepción es Lula da Silva. En todo caso, esas Cumbres se concibieron para anudar los lazos entre Europa y América Latina, pero los gobernantes del llamado Socialismo del siglo XXI las utilizan para sus campañas propagandísticas antioccidentales.

R.A.: ¿Y la "deferencia" de Moratinos con el bloque chavista para que Honduras tenga una presencia de segundo orden como lo valora?

C.A.M.: Objetivamente, Moratinos se no se comporta en América Latina como un verdadero demócrata. Me parece lamentable que la cancillería española haya aceptado participar de la humillación a Honduras. El presidente Porfirio Lobo fue electo en unas elecciones libres y obtuvo la mayor votación que cualquier candidato hondureño haya recibido en los últimos cincuenta años. Como señaló el analista Moisés Naim, es inconcebible que alguien como Lula da Silva pida la exclusión de Honduras de la Cumbre madrileña y dé por buenos los comicios iraníes y reciba con besos y abrazos a Ahmadineyab, mientras condena y no acepta las elecciones hondureñas. Los otros dos líderes que encabezaron el ataque al legítimo gobierno de Honduras son nada menos que el golpista Hugo Chávez y Daniel Ortega, el ex dictador sandinista que todos los días viola la constitución de su país.

R.A.:¿Cree que la interferencia del régimen chavista en las elecciones colombianas irá más allá?

C.A.M.: Sí, Chávez hará todo lo que esté a su alcance para evitar que Juan Manuel Santos gane la presidencia y prolongue la exitosa estrategia que Uribe de “seguridad democrática” puso en marcha contra las narcoguerrillas comunistas. Su candidato es Mockus. No porque éste suscriba sus ideas, sino para que pierda Santos. Chávez está interviniendo en los asuntos internos de Colombia y lo seguirá haciendo después de las elecciones.

R.A.:¿Y en Honduras, cómo ve el proceso, está cerrada la crisis?

C.A.M.: Por ahora, sí, pero no de manera permanente. Zelaya está jugando a la desestabilización del país con la ayuda de Chávez y eso no es difícil en donde se conjugan dos elementos muy explosivos: unas extendidas mafias de delincuentes juveniles, allí llamadas “maras”, y una pobreza muy extendida.

R.A.: España sigue creyendo que el diálogo es el camino con la Cuba de Castro, ¿acierta o está en la peor de las direcciones, como suele ser?

C.A.M.:El gobierno de los Castro le ha tomado el pelo a España desde la época de Franco. Está probado que la mejor estrategia frente a la dictadura cubana es hablar claro, denunciar lo que sea censurable, apoyar a los demócratas de la oposición y no admitir ninguna suerte de chantaje. Los gobiernos norteamericanos que adoptaron esa política de firmeza tuvieron menos conflictos con Cuba. Reagan y los dos Bush, por ejemplo. Sin embargo, en épocas de Lyndon Johnson, Jimmy Carter y Bill Clinton, mucho más contemporizadores, La Habana desató éxodos salvajes contra el estado de Florida.

R.A.:Hace 20 años le entreviste en Madrid, ¿cómo está la Cuba de hoy? ¿No ha cambiado nada?

C.A.M.:Sí, hay algunos cambios, pero no son fácilmente observables. Hace 20 años Fidel Castro, tras el derrumbe del Muro de Berlín y la desaparición de la URSS, aseguró que salvaría al comunismo y en el orden material lograría un modelo mucho más productivo en un plazo de cinco o seis años. Hoy el país está en una situación deplorable, vive de la caridad de Hugo Chávez, y ya caso nadie dentro de la estructura de poder cree en el colectivismo o en las supersticiones marxistas. El régimen se sostiene por inercia y a palo y tentetieso. La necesidad de un cambio radical es ya un clamor en la sociedad cubana. Cuando se produzca la coyuntura adecuada el régimen será transformado en otra cosa totalmente diferente.

R.A.:El modelo de democracia occidental parece amenazado en América Latina, ¿cuáles cree que son los próximos desafíos?

C.A.M.:Salvo Uruguay, Chile y Costa Rica, hablando del continente, la democracia pende de un fino hilo. Hay dos desafíos clave en la región y están íntimamente ligados: propiciar fórmulas de desarrollo con equidad que rescaten de la pobreza a decenas de millones de personas y conseguir que los gobernantes y los gobernados se sometan al imperio de la ley para que se reconcilien la sociedad y el Estado. Mientras lo que llamamos Estado de Derecho, y lo que calificamos como economía libre de mercado no funcionen con cierta eficiencia, la democracia estará en peligro en América Latina.

R.A.:Estados Unidos parece menos implicado en los asuntos del continente, ¿cómo juzgaría su posición tras la llegada de Obama al poder?

C.A.M.:Vuelve a ponerse de moda una vieja frase: benigna negligencia. Pero eso no tiene mucha importancia. Ya se sabe que ni Estados Unidos ni Europa pueden imponer el buen gobierno en América Latina. En todo caso, hay un componente neurótico en eso de siempre estar esperando de Estados Unidos la solución de los problemas latinoamericanos. Jamás he visto a un presidente suizo preocupado porque Estados Unidos no le presta atención al país.

R.A.:¿Cuáles serían, a su entender, los próximos retos de América Latina en el plano político?

C.A.M.: La democracia en el continente pende de un fino hilo, no está firmemente asentada, salvo excepciones: Costa Rica, Chile y Uruguay. Los retos están claros. Consolidar la democracia, lo que significa fortalecer a los partidos políticos, multiplicar los acuerdos de libre comercio y acelerar los procesos de transferencia tecnológica y adquisición de capital para poder acercarnos a los modos de producción y a los patrones de consumo del primer mundo.

R.A.:¿Hacia dónde va América, en general, se afianzará la preponderancia actual del bloque que lidera Venezuela en detrimento del modelo occidental?

C.A.M.:No creo. El circuito de países del llamado Socialismo del Siglo XXI es muy frágil. Chávez es el peor gobernante que ha conocido Venezuela, pese al río de petrodólares que le ha entrado al país. Además, han creado una cadena de interdependencia que los hace más débiles. Han tratado de forjar una especie de mini “campo socialista” para enfrentar colegiadamente a sus supuestos enemigos, especialmente a los yanquis, pero eso los hace más vulnerable. Por ejemplo, lo probable es que si Chávez sale del poder, por el medio que sea, el gobierno de Raúl Castro entra en crisis. Y viceversa. Por una vez, en la unión está la debilidad.

Una entrevista de Ricardo Angoso. Fuente: Revista Cambio

domingo, 23 de mayo de 2010

Raúl Castro y el dilema de Gorbachov

Carlos Alberto Montaner

En la segunda mitad de la década de los ochenta, Raúl Castro ya sabía que el sistema comunista era tremendamente improductivo. La isla, pese al enorme subsidio soviético, se hundía progresivamente en la miseria. Entonces le dio por pensar que la clave del desastre económico cubano se debía a la pobre gerencia de la burocracia gubernamental, se volvió un defensor de la tecnocracia y creyó que arreglaría el sistema comunista con las herramientas del capitalismo. En consecuencia, mandó varias docenas de oficiales del Ejército a formarse en buenas instituciones educativas del mundo capitalista dedicadas a difundir estudios empresariales.

Cuando Gorbachov, por aquellos años, asumió la jefatura del Kremlin, Raúl se enamoró de los cambios iniciados por el soviético y completó su receta: una buena gerencia, unida a una profunda reforma del Estado, con especial énfasis en la descentralización, servirían para salvar el comunismo. Hizo traducir el libro Perestroika y lo repartió entre muchos de sus oficiales. El iba a rescatar el sistema y a resolver un enigma que lo dejaba perplejo: por qué unas sociedades con tanto capital humano --abundaban las personas bien educadas y saludables-- eran tan improductivas.

Raúl Castro, al fin y al cabo, tenía razones para sentirse optimista y confiado: bajo su dirección las Fuerzas Armadas cubanas se habían convertido en el noveno ejército del planeta y habían triunfado en Angola y Etiopía. Desde su perspectiva de ministro de Defensa (entonces ya llevaba un cuarto de siglo en el cargo), de la mano de Moscú aquella pobre islita, que generaba tan poca riqueza, se había transformado en una potencia militar de rango mundial. Quien había llevado a cabo esa proeza muy bien podía realizar la otra: desarrollar a Cuba en el terreno económico. Raúl no entendía que destruir un puente a cañonazos era infinitamente más fácil que construirlo.

Gorbachov padecía el mismo error de Raúl: era un apparatchik inteligente, experto en cuestiones agrícolas, y conocía las deficiencias del Estado comunista. Sabía lo que funcionaba mal y creía que podría corregirlo con una mezcla de reformas y gerencia sofisticada. Le molestaba escuchar que su enorme país, con más del doble del tamaño de Estados Unidos e ingentes riquezas naturales, era despectivamente calificado como ``Bangladesh con cohetes atómicos''.

Poco antes del derribo del Muro de Berlín en 1989 y de la disolución de la URSS en 1991, ya Gorbachov, no sin cierta melancolía, había descubierto su error fundamental: el sistema no era reformable. Sencillamente, el colectivismo estatista, dirigido y planificado por los burócratas del Partido, conducía al empobrecimiento creciente y no lo podían salvar los tecnócratas, aunque estuvieran muy bien intencionados. Si lo que se buscaba era desarrollo, competitividad y prosperidad para las masas, había que olvidar la utopía comunista e imitar a las naciones situadas a la cabeza del planeta.

Raúl Castro está hoy exactamente en el mismo punto en el que se encontraba Gorbachov a fines de los ochenta. La producción de azúcar ha caído a niveles de hace más de cien años y el país, en plena degradación material, ni siquiera puede alimentarse. ¿Por qué? Por seis razones que no puede resolver con el modo comunista de producción:

1. Sin una moneda fuerte que mantenga su valor y poder adquisitivo las transacciones económicas son como arar en el mar.

2. Sin propiedad privada, los individuos no conservan la riqueza material creada ni se esfuerzan en crear más. El ``bien público'' es una risueña fantasía. Sin empresa privada no hay desarrollo.

3. Sin un sistema de precios regidos por la oferta y la demanda es imposible asignar eficazmente los recursos disponibles. Los precios fijados por el mercado son el lenguaje con que espontáneamente se expresa la economía. Esto no es un caprichoso dogma ideológico sino una observación mil veces confirmada en el mundo real.

4. Sin libertad económica y sin reglas claras que faciliten la creación de empresas, obstaculicen la corrupción y premien el ahorro y la inversión local y extranjera, jamás se dará la generación de riquezas de forma sistemática.

5. Sin un ordenamiento jurídico y un poder judicial eficaz, equitativo e independiente que resuelva los inevitables conflictos, castigue a los culpables, proteja los derechos de las personas y dé seguridades, no es posible el sostenimiento de una sociedad próspera.

6. Sin transparencia y rendición de cuenta de los actos de gobierno, y sin funcionarios colocados bajo la autoridad de la ley, guiados por la meritocracia y legitimados en elecciones periódicas, tampoco se consigue alcanzar unas cotas decentes de desarrollo.

¿Está listo Raúl Castro para admitir estas amargas verdades o prefiere seguir poniendo parches inútiles que no evitan el hundimiento de la nave? En su momento, Raúl dijo que no lo habían "elegido" para enterrar a la Revolución, sino para mejorarla. A estas alturas ya sabe que eso es imposible. Es el mismo dilema que Gorbachov debió enfrentar: o renuncia al disparatado modelo comunista o se empeña en mantenerlo y destroza a Cuba aún más. Hasta ahora todo indica que Raúl prefiere morir en el error aunque les deje a los cubanos un país en ruinas. Eso se llama ensañamiento.